jueves, 28 de agosto de 2008

AUTOR


Virgilio López Azuán, autor de CUENTOS ETERNAMENTE BREVES, que este blog promueve, es uno de los más importantes expositores del microcuento en la República Dominicana. Ha sido ganador de premios nacionales en cuento, poesía y teatro. Es experto en temas educativos y ha sido declarado por el Ayuntamiento como HIJO MERITISIMO DE AZUA

La historia del miedo

El miedo ronda la casa como un vagabundo, viene de otras puertas, tomó por asalto la sala y se clavó en los ojos a Rosa Ella lanzó un grito que rasgó la noche. El miedo era grande y obsesivo; perturbador y criminal. Sacaba sus cuchillos y sajaba la faz de la alegría. Nunca lo había visto de frente, con ese descaro de pararse a ver a sus víctimas temblar o palidecer, con los labios cenizos y el habla cortada.
Hoy está aquí en esta casa, mi madre se pone histérica, Rosa se ha desmayado. El miedo sigue su camino, me dejó un frío en los genitales. Lo vi cruzar la calle, sigue la calzada y entra en todos los recovecos del barrio como dueño y señor de los caminos.
Ahora sopla una brisa suave, silbante en los aleros. El miedo como que se va, pero siempre se queda.

El Padre Nuestro


El diablo salió de noche a la calle. Soplaba un brisita fría. Miró hacia todos lados. Se desperezó como nunca, pasó cerca de la iglesia, entró, y fue capaz de implorar ante un sacerdote para no escuchar un padrenuestro.

miércoles, 27 de agosto de 2008

La obra de Miguel Àngel

Miguel Ángel pone todo su corazón y talento en aquella escultura. Sus manos maestras usan el cincel con magia. En cada golpe pone precisión. El mármol cobra vida cuando se van definiendo los contornos.
La figura del hombre va emergiendo de la piedra, con una apariencia real, asombrosa. Miguel Ángel a veces se retira para ver un poco de lejos la obra que hace. Luego vuelve a sacarle detalles, a pulir salientes.
Lo más difícil es trabajar en el área de los ojos, y en la comisura de la boca, cualquier golpe fuera del ángulo indicado podía dañar la escultura. Por eso tarda dos horas en dar un golpe seco en el área del párpado derecho. Lo vi sudoroso.
Da el golpe y es perfecto. Alegre se torna Miguel Ángel después de superar esa dificultad.
Ideó que en la escultura de un hombre desnudo debían aparecer las venas, principalmente en los brazos y en las piernas. Eso era un reto para él.
Se tomó su tiempo. Va y medita muchas veces las formas en que haría brotar las venas de los brazos y las piernas, cosa tal que pareciera real.
No fue tan difícil como se lo imaginó.
Esta mañana de agosto logra definir su propósito, a la escultura se le ven las venas como un ser humano común y corriente.
Al fin terminó la obra, quedó perfecta. El realismo era sorprendente. Tan impresionado estaba Miguel Ángel que le dio un golpe en la rodilla a la escultura y le dijo: ¡Anda!. Y la escultura se echó a andar.

Los jardines colgantes

Ahí estaba mi casa, en la calle principal del pueblo, justamente al lado derecho de la iglesia. Esa iglesia bonita, con arquitectura de tipo victoriano. Cada vez que paso por aquí me parece verla, pero ya no está. Se fue en el fuego del siete de agosto, gracias a Dios no estuve aquí, me hubiera desgarrado verla en llamas.
De mi casa no puedo olvidar el día que la azotó el ventarrón. Vino con fuerza demoníaca. Primero la brisa sopló suave y levantó un polvillo color amarillo mostaza. Dos horas más tarde vino ese tornado y llenó los techos de tierra. Luego llegó la lluvia, fue una lluvia pertinaz que duró tres días.
En el techo del segundo piso creció una planta, sus ramas eran brazos que se extendían a la calle. Sin darnos cuenta ya la planta copaba todo el techo y se iba apoderando del balcón en la parte alta. Unas flores extrañamente amarillas y rojas empezaron a salir.
Los vecinos veían la planta con expectación; yo, con miedo. Me preguntaba por qué esa planta crecía en mi casa y no en otro sitio. No he de negarlo, concluí que esa semilla extraña la trajo el ventarrón y con las lluvias pudo germinar, y allí estaba.
La planta era bonita, pero llena de misterio. Yo le sugerí al abuelo que nos fuéramos lejos de allí y él nunca quiso. Una vez lo vi pararse en el balcón y recordé la historia del Rey Nabuconodosor y los jardines colgantes de Babilonia.
Al abuelo lo veía tan enigmático, tan extraño...
Era como un ritual. Esas imágenes nunca las olvidé: La casa, las calles estrechas y las flores rojas, violetas y amarillas. Después entendí que todos tenemos nuestros jardines colgantes en la memoria.

Heráclito y el Río

Heráclito se sentó a la orilla del un río y se quedó meditabundo, todos los que pasaban por allí le hacían todas las clases de burlas. Él hacía caso omiso, su costumbre era no decir nada, su mente construía la paz en el rubor del agua que corría.
Llegó a decir, “ todo fluye”, le salió esa expresión como del fondo de su alma y la dijo para que se oyera. Nadie la escuchó, nadie pasaba en esos momentos por aquel lugar. Pero todos sabemos que fue él quien la dijo, fulminado por el dolor.

La naves

Los Taínos vieron tres carabelas que venían desde lo más lejano del mar. Uno de ellos comentó con otro que últimamente estaban recibiendo visitas de extraños viajeros, sabrá Yucauguamá con cuáles planes.
Pensaron en el ritual de llegada, bajarán de las naves, harán una ceremonia, muy distinta a la de la Cohoba, blandirán una cruz y se internarán tierra adentro para recorrer la isla y saquear sus tesoros.
Mira- dice Yanael a Yaya-, nos mostrarán unos espejitos, nosotros se lo cambiaremos por oro o cualquier otro objeto y luego pensarán que nos engañaron. Escribirán la historia a su manera y quedaremos como si fuéramos primitivos, de eso puedes estar seguro.

La cabeza del arco iris

La leyenda circula en la comarca desde el siglo pasado: “Si orinas en la cabeza de un arco iris cambiarás de sexo”. Eso se lo contó mi bisabuelo a mi abuela, mi abuela a mi mamá, mi mamá me lo contó a mí y yo a mi hija Dara.
Esa tarde mi hija salió y no sabíamos dónde estaba. Todos nos preocupamos, alborotamos al barrio. Se inicio una
búsqueda intensa con los voluntarios de la comarca y fuimos a parar a la playa. La niña no estaba allí. Yo presentí lo peor, la imagen de que el mar se la llevó me golpeaba la mente.
Hace unos días que llueve,
la temporada de los ciclones trajo mucha lluvia y truenos. Hoy sólo cae una llovizna que a veces se disipa para dar paso a un sol radiante.

En lo alto del cielo, por el Este, ahora se levanta un hermoso arco iris que parece magia, con sus colores intensos, radiantes.
Hace unos días la niña me preguntó por qué ella no había nacido varón, que ella quería ser varón. Al recordar esa pregunta me moví rápidamente, convidé algunos de mis amigos y fuimos a la desembocadura del río. Allí encontramos a la niña orinándose en la cabeza del arco iris.

Alguien en escena

Yo le pedí que se bajara de esa mata de cocos. Él me miró con sus ojos grandes y felinos. Por más que le rogué se quedó aferrado al tronco.
A veces mantenía la mirada fija sobre mí y a veces hacía girar la cabeza como buscando una forma de escapar de aquel lugar.
No había forma de hacerlo bajar. La nena Rossi con los ojos llorosos, también se lo pidió, pero él no hizo caso. Matilde, mi esposa, llegó y también le rogó, él no cedía.
Podía pensarse que algo grande estaba sintiendo, podíamos ver como temblaba, como se le agrandaban los ojos.
Decidimos sentarnos a esperar. Entendimos que llegaría el momento en que se cansaría y no tendría más remedio que bajar.
Él ganó, pasamos toda la noche esperando y seguía atado al tronco. No sabemos qué pudo asustar tanto a ese gato.

Ojos de agua

A las hermanas Mirabal, mártires.

El niño bajó la cuesta, ahora camina por la vieja carretera. Va desnudo, en su corazón laten los misterios de la primavera.
Ese camino está lleno de flores y bordeado por árboles grandes que pegan al cielo.
A lo lejos el río corre con sonidos extraños. El niño lleva sus manos vacías y la mente cargada de luz.
Cruzó el potrero y llegó al río, perseguido por el mugido de las vacas.
Está parado sobre una piedra frente a su charco preferido. Para lanzarse al agua levantó los brazos, cerró los ojos y respiró profundamente.
Inició el clavado y cuando cayó, al charco se le abrieron muchos ojos de agua. De ellos salieron tres hermosas mariposas, alegres, libres, juguetonas. Luego se multiplicaron y fueron seis, y más, y más... Se pobló el charco de mariposas, el monte se lleno de mariposas, Salcedo de nubló de mariposas, y el mundo, el universo, se atiborraron de mariposas. Y el niño, sonreído, desde el charco, juega y juega como si fuera día de San Juan.

Caminar sobre las aguas

Hoy tengo mucha fe, hoy he decidido caminar por encima de las aguas. Por eso he tomado mi bote y yago en este mar cerúleo.
Allá afuera el mundo se vuelve loco navegando en la Internet o algunos millones se mueren de hambre.
Voy a dejar todos esos pensamientos fuera. Que a mi mente no lleguen “ ¡Avenuncio!”. Que la política Neoliberal, que el gobierno de Bush, que el G-8, que los países pobres, que la ETA realizó un atentado, que el genoma... Todas esas vainas están afuera. Hoy soy un hombre positivo, mi fe es inquebrantable. Cuando uno se siente así no cabe duda que uno hace milagros.
A mí me parece que me llegó la fe. No tenía la menor idea que ese influjo misterioso me iba a llegar. Ahora voy a andar con ella para todas partes. Estoy bien protegido. ¡Qué bien me siento! Que nadie me cuestione sobre imposibles, eso no existe en mis códigos.
Admito que soy un hombre de fe, de mucha fe. ¿Quién lo iba a pensar? Y fue muy sencillo me dio la gana de decir que tengo fe y ya ven como me siento. Tanto trabajo que les ha costado a otros tener fe y no la consiguen.
Pero para qué tanto hablar, los hombres de fe no somos tan teóricos, somos hombres prácticos. Eso es, voy a caminar sobre el agua, salgo del bote, toco el agua con mis pies. Me hundo.

El tour de las hormigas


Una columna de hormigas sube por la mata de tamarindo, el recorrido lo iniciaron desde la raíz, guiadas por el hormigón. Llegaron a la parte media de la planta y el hormigón ordenó un stop. Todas se pararon como si fuera un ejército de militares.
Rompen filas y se reúnen en una zona cóncava del árbol, entre dos ramas que se bifurcan.
Desde allí observan el entorno, las hojas, las ramas y los frutos ya maduros.
La brisa entra y sale, la mata se mueve. Los frutos al chocar unos con otros producen un sonido seco, pero en melodía, que podían ser percibidos como aquel sonido de castañuelas.
El hormigón, cual experto botánico, explica las utilidades del tamarindo. Ellas escuchan atentas.
Todo va muy bien hasta el momento. Ese viaje fue programado con antelación y las hormigas llegaron a acuerdos satisfactorios sobre el tours.
El hormigón, lo está haciendo muy bien. Su cuerpo de asesores, los que llevan la agenda, los que asisten, le indican cual es el siguiente paso.
Todo lo planificaron bien. Y todo iba muy bien. Bajaron del árbol sin contratiempos y siguieron en fila india hasta su guarida.
En el camino encontraron un obstáculo, el hormigón, por la posición que ocupa fue el primero en darse cuenta. Dio media vuelta y se dirigió a las demás hormigas. Les dijo que tenían que virarse a la izquierda porque el camino estaba bloqueado.
Todo iba muy bien hasta que se dieron cuenta que lo que bloqueaba el camino era un terrón de azúcar.

El hombre primitivo

El hombre primitivo salió de la cueva y vio la claridad del día. Sus ojos se le llenaron de alegría. Miró a su alrededor, el bosque verde y amplio se abría, tendiéndole una invitación para que se echara a caminar.
Así lo hizo. Caminó un largo rato.
Podía escuchar el canto de las aves, el rugir de viento entre los árboles y ver la maravilla de las flores en plena primavera. Después, rozó dos piedras y armó un fuego pavoroso en todo el bosque.
Pasó dos días corriendo, pero descubrió el fuego. Empezó a llover, se escondió en otra cueva y tembló de miedo cuando los rayos y los truenos se llevaban la tarde.
Así fue, se encontró con otros semejantes, y se asentaron en algunos de predios que tomaron.
Luego, trabajaron con el metal, con la electricidad, con la Internet y el genoma humano. Pero el hombre primitivo no se olvida nunca de entrar en su cueva; y entra a cada rato, cada vez con más frecuencia.

La última imagen de la virgen

La imagen de la virgen cuelga de la pared, allí lleva más de veinte años. Todos los días los devotos le van a rezar.
Esa mañana, el primero que llega, alza su mano y toca el cristal donde está rostro angelical, dice unas plegarias y se va.
El segundo se santigua, la mira de reojo, y sale a la calle. El tercero se para frente a ella, mira su rostro fijamente, reza y hasta llora.
Celeste acostumbra a entrar temprano, esta vez se le hizo tarde y fue alrededor de medio día. Llegó y no encontró la imagen de la virgen, sólo estaba el marco vacío.
Antes, una niña de la calle entró a la casa, nadie la conocía, sólo entró a la casa, se paró frente a la imagen y nadie sabe por qué lloró.
Lo que todos en el pueblo comentan es que la niña se llevó la imagen de la virgen aprehendida en su corazón.

El canario y sus recuerdos

El canario llegó a la ventana del aposento de la casa de Ronaldo, da saltitos en la madera, al borde del umbral. Parecía un canario como otro cualquiera del bosque, pero éste era extraño.
Se le nota nervioso. Los saltitos se hacen cada vez más frecuentes, intenta volar y recula, da media vuelta, da una vuelta entera. Él busca algo.
Ronaldo se había levantado primero que Lucrecia. Ella se sienta al borde de la cama, hace un leve ruido, el canario se asusta, vuela y se va. Al rato vuelve mucho más inquieto. Los mira. Ronaldo le dice a Lucrecia que haga silencio, que lo dejaran tranquilo a ver qué haría. Ella le dijo muy queda “Ese canario no hará nada extraño, sólo levantará el vuelo y se irá al bosque”.
El canario canta, canta y canta; Lucrecia se queda expectante ante la melodía. Su canto es nuevo, diferente. El canario, queda en silencio, en un profundo silencio; no salta, se mueve poco o casi nada. Ni Lucrecia ni su marido habrán de saber nunca que cerca de esa ventana, el canario escucha el canto de su compañera canaria, que volaba en uno de sus hermosos recuerdos.

La historia de una làgrima

No era una gota de agua común, como esas de lluvia que caen en los aleros o una gota de rocío encima de una rosa en pleno estío. No, era una gota de agua grande, más grande que un huevo, que estaba allí reflejando un mundo confinado al misterio de la soledad. Esa gota de la cual hablo pudo haberse convertido en gotitas pequeñas, pero no fue así. Se quedó en el pretil de la mañana, esperando incubar alegrías o un mundo lleno de colores, donde se levanten paisajes azules, rojo-amarillo o quizás un verde como el de los olivos.
La gota de agua estaba en la mesa y sólo tembló su cuerpo cuando un lagarto blanco de ojos verdes rayados y sangre descolorida, cayó muy cerca. El lagarto vio a ese huevo transparente, a esa imagen oval extraña. Con toda la maestría del mundo observó. Allá, en el fondo, se reflejaba una mariposa de esas nocturnas que circundan el alumbrado eléctrico. Tranquilo, con sigilo, dio el salto y como era obvio, se llevó una gran desilusión, pues la mariposa no existía dentro de la gota, estaba en el techo del comedor.
Allá, adentro, el lagarto tragó en seco. Sacó la lengua y lamió sus labios, en ese momento se dio cuenta que estaba dentro de la lagrima de un sueño.

Sortilegio del Mar



Yo le dije a Abrahán que no lo intentara, que el mar no se iba a separar y él siguió insistiendo. Me decía: “eso lo dice la Biblia. El mar se partió en dos y la gente pudo pasar. ¿Quién te dijo a ti que no pasaría de nuevo?”
Yo le dije que no leyera mucho ese libro que había que estar bien alimentado para aprenderse todas esas letritas. Y que el que lee la Biblia completa se vuelve loco. Él me refutaba siempre y me decía, “Es la vanidad la que vuelve loca a la gente. Si tú no te desesperas, verás cómo se abrirá el mar y tú y yo podremos pasar”.
Mi incredulidad subió y las sospechas de que mi amigo no andaba bien de la cabeza tomaron fuerza en mi interior. Me dijo: “Abracadabra pata de cabra”. Levantó sus brazos y miró hacia el horizonte. Nada pasaba, el mar se quedó igual. Volvió y lo intentó, levantó sus brazos, respiró hondo y dijo: “Abracadabra”, y el mar se quedó quieto.
El ritual lo hizo siete veces, percibí que algo estaba pasando en el fondo del mar. Agarré a Abrahán por un brazo y para no mojarnos los dos salimos corriendo de la tarde.

La Siesta de Lázaro

A César Vallejo
Y yo le dije a mi amigo Lázaro: “Levántate y anda”, pero él se quedó igual, inmóvil, como si no me escuchara. Había que verlo en esa cama de guata, con una pesadez mortal. Volví a darle la orden, y nada pasaba. Entonces decidí abrir las puertas y las ventanas de la casa para que entrara la luz y se despertara. Pero qué va. Fui a la cocina y traje conmigo unas cantinas y realicé el ruido más grande del mundo. No me conformé, salí a la calle, convidé a mucha gente para que me ayudaran a despertarlo. Rodearon la casa, gritaron, y nada. Entré de nuevo a la habitación, me acerqué a la cama y Lázaro seguía muerto.

El niño y la pintura

El niño tomó los colores de la acuarela y comenzó a pintar sobre el lienzo. A poco, ya vemos cómo se va formando un cielo azul y pequeños cúmulos de nubes blancas. Luego apareció el mar, un bote a la deriva y espumas blancas que llegan a la orilla convertidas en olas.
No sabía que ese niño poseía tanta destreza en el manejo de pincel y los colores. Es un niño talentoso, sabe de dimensiones, de proporcionalidad, de tonalidades, combinaciones y técnicas.
Todos los niños del colegio admiraban su prodigio, y a ratos, él sentíase avergonzado. Pintar paisajes era lo que lo llenaba de motivos, le producía unas ansias de descubrirse a sí mismo y a la naturaleza.
El niño fue al aula a mostrar a sus compañeros el cuadro que acababa de pintar. La Marina le quedó maravillosa. El mar parecía tan real, tan real que en un momento el agua salió del lienzo y llenó el lugar de peces.

La protesta de Sísifo

Estoy cansado, no puedo con mi suplicio, esta bendita roca la subo a la montaña, y cuando estoy en lo alto, debo bajarla para volverla a subir. ¿Quién va a durar mil años con este castigo? Debieron darme algo diferente. No es justo, en el Olimpo hay personajes que hicieron cosas peores que yo y su castigo fue más leve.
Me sentaré, nadie hará que me mueva de aquí. Esto es como una dictadura. Yo protesto enérgicamente, no puedo quedarme callado; y repito, nadie me hará hacer mover esta roca de nuevo. Tengo que negociar con Zeus, le diré que mi falta no fue tan grave comparada con la de otros... a veces pienso que aquí hay un amiguismo, un compadreo vulgar.
Sísifo oyó una voz que lo hizo temblar, sintió miedo de lo peor. Se paró lo más rápido
que pudo y trató de cargar la roca. Tenía poca fuerza y siguió cumpliendo el suplicio eterno.

El Regreso de Alfonsina

Esa tarde te levantaste después de la siesta, te pusiste un traje de seda azul, casi transparente; te peinaste con una coronita de flores artificiales, saliste descalza y fuiste a parar a la playa; hundiste tus pies en la arena tibia, y jugaste por un rato. Después, levantaste la mirada hacia el azul de las aguas, la recorriste. Tu mirada se perdió como queriendo tocar el horizonte, y penetraste al mar. Tus pies se llenaron de fríos y a tu cuerpo se le congelaron las ansias de la vida. Caminabas hacia dentro, ya el agua subía a tu cintura y tú seguías lentamente hasta que tu cuerpo se perdió en el mar, en el fondo gris de la tarde. Al otro día te vi salir del agua, volvías de nuevo, y agarrada de tu mano, venía la soledad.

Monólogo de la Rosa


Hoy he amanecido más linda que nunca, en la madrugada me cayó un rocío que me ha revitalizado, me siento como si fuera una nena de quince años, con esas ansias de vivir, de asistir risueña a toda la primavera y quedarme permanente en la memoria de este jardín. Mi color rosa me sienta bien, tiene una tonalidad, un brillo, una belleza traída de paisajes exóticos; mis pétalos se superponen, se acomodan, se ensamblan los unos con los otros y siento el rocío cuando rueda en mis capas internas. Definitivamente soy feliz, más feliz de lo que alguien pueda imaginarse. Cualquiera pensaría que soy una simple rosa y que sólo sirvo para ser admirada. Tremenda equivocación; todos lo saben, pero nadie piensa en que tengo vida. Esto no lo entenderán nunca. A pesar de todo sólo me asalta un ligero temor, un temor que me suspende la respiración... Ojalá no venga alguien a este jardín y me corte de un tirón.

Una culebra en mi sueño

Yo vi a la serpiente reptar por toda la ciudad, había venido de las profundidades del bosque y fue a parar al patio de Marisela, allí sintió el terrible calor del verano y se escurrió por la pared de la casa. Fue por la orilla, sigilosa, desplazándose con inteligencia. Nadie sospecharía que una serpiente anduviera por esos lugares.
Se arrastró por debajo de la puerta del jardín y salió de la casa de Marisela. Cruzó la calle desierta de esa mañana de San Miguel y alcanzó la acera del otro lado de la calle. Llegó a la puerta de mi casa y la encontró abierta, pasó escurridiza, furtiva. Yo dormía en mi habitación y ella llegó como si yo la esperara. Rompió la cáscara de la noche y penetró al interior de uno de mis mejores sueños.

La profecía de la mosca

Uno de los profetas anunció para el día de mañana la llegada de una plaga de moscas. Virtudes estaba realmente asustada. Si era como le contaban, sería un desastre para todos y todas, habría que dejar el pueblo y marcharse lejos, porque en ese lugar no podrían vivir. Pero había una esperanza, no todas las profecías se cumplen y ella era escéptica en su infinito interior.
Llamó a Pablo, su marido, para conversar sobre el asunto. Pablo estaba leyendo las últimas noticias y los diarios sólo centraban su atención en la llegada de las moscas. Informaban todo tipo de consejos para sobrevivir.
A pesar de todo, Pablo está tranquilo, mientras que afuera, en la calle, la gente anda presurosa y preocupada. Yo no sé por qué compran alimentos para una semana, vaciaron los colmados como si fuera el fin del mundo.
Ella realmente estaba preocupada. En el patio los niños jugaban ajenos a drama, inocentes de lo que ella consideraba una hecatombe.
-¿Me parece que el profeta miente? –Le dijo Pablo.
- No digas eso de los profetas, son enviados por Dios para advertimos. Si nos lleváramos de ellos...
- Yo no me muevo de aquí, –concluyó Pablo.
Esa noche nadie durmió, si hubieran mirado por las ventanas y las puertas, hubieran visto a la gente en vigilia permanente. En todas las formas tenían miedo. El Profeta estaba seguro de lo que dijo. Lo planteó en varios lugares y defendía su tesis con vehemencia.
Al otro día las calles amanecieron en calma. Las moscas no llegaron, Pero se quedó el pueblo con un profeta menos.

El cadáver

La luz de la luna le da un brillo metálico a la carretera, parece un hilo de plata atravesando la oscuridad.
La vía fue construida dos años atrás por los gringos, haciendo gala de su tecnología y la misma comunica a Compostela con la capital. Meses atrás la repararon de un derrumbe causado por las lluvias.
Las dos de la madrugada, una ambulancia se desplaza por la bestia plateada, como quien no quiere llegar a su destino. La luz giratoria está apagada, el color blanco pierde esencia con la noche.
Un hombre, maltratado por el tiempo, la maneja. Al otro extremo del asiento descansa su sombrero. Su mirada se pierde por la larga carretera, sus ojos tienen una expresión nunca vista, y cuando se le van a nublar por el llanto, piensa: Treinta años trabajando para llegar a nada, yo me acostumbré al ruido de las sirenas, a las luces giratorias, a los llantos. Me acostumbré a portar como equipaje el dolor de las gentes. Recuerdo una noche como ésta en que llevaba el cadáver de una mujer. No la pude nunca olvidar, porque esa noche nació mi hijo y me di cuenta que la vida juega diversas cartas con nosotros: cartas atristadas, cartas alegres...
En mi casa, a esa hora, celebraban el nacimiento del niño y yo le llevaba una carga de tristezas a esa familia. Pero me acostumbré, en treinta años, ¡quién no se acostumbra!
Me llamaban en horas inoportunas “¡Francisco, levántate, hay que llevar a fulano de tal a la capital!” Y ahí iba yo, con mis rápidos movimientos y mis ojos sin haberse acostumbrado a la oscuridad.
En medio de los caminos a veces caían torrenciales aguaceros o se atravesaban de vez en cuando animales del monte. Así han transcurrido treinta largos años entre malas noches y gritos de sirena, entre luces intermitentes y altas velocidades. He estado en el mismo centro de los dolores y ahora siento que los dolores están en el mismo centro de mí.
Nunca pensé en una noche como esta, precisamente camino a Compostela, nunca pensé que detrás del dolor hubiera más dolor; quizá por eso no pongo a volar este vehículo.
Y para qué volar, es lo mismo, nada voy a reformar. Esta noche no me la imaginé, se sale de mi diario vivir. Esta noche llevo a mi casa, el cadáver de mi hijo.

(Este es el primer cuento escrito
por Virgilio López Azuán,
data del año 1984)

El Ruido

Todas las gentes del pueblo se tapaban los oídos con las manos, se los aprisionaban cada vez más, no podían soportar ese ruido leve, pero lacerante, que venía de todos los puntos cardinales. En las calles se ha parado el tránsito, todos salieron de sus vehículos y ahora giran alrededor de círculos imaginarios. No podían aguantar ese sonido que les recorría las venas en ciclos sucesivos.
Los limpiabotas del parque dejaron de lustrar; las amas de casa, los locutores, los sastres, los porteros, los médicos, los periodistas; todos, todos, dejaron de trabajar. Todos al mismo tiempo enlazan la misma pregunta en sus pensamientos. ¿De dónde viene ese ruido? Y no se podían responder. Todos se pusieron a soñar, se veían corriendo lejos de ese sitio: las mujeres, los niños, los hombres. Todos corrían sin parar; pero mientras más corrían, más fuerte el ruido sonaba. Entonces se devolvían, se entrecruzaban, querían volar, habitar los cielos, hoyar la tierra, beberse el mar...
Y siguieron soñando. Vieron una montaña alta, tan alta que parecía no tener fin, y la empezaron a subir. Ya en la cima todos se miraron, tenían la misma estatura, el mismo color, la misma alegría en sus ojos, la misma sonrisa en sus labios.. Después despertaron. Vieron las cosas sumidas en la cotidianidad. Y entonces... El ruido se dejó de escuchar

El unicornio

Siempre quise ver a un Unicornio, cabalgar con él en las noches claras, escaparme agarrado a su cuerno y sentir sus pasos de luz. Siempre le dije a mi padre que no me matara la ilusión, que no me volviera a decir que los unicornios no existían, que eso era invento de los griegos que no tenían nada que hacer.
A la abuela le pedí uno de juguete como regalo de Reyes para tenerlo en mi cabecera; así quizá podría invocarlo, y a lo mejor me salía en los sueños. Ella no encontró ese bendito juguete en la plaza. Por eso un día lloré tanto que mi padre tuvo que ir a la capital a buscarlo y me trajo un caballito que en nada se parecía a un Unicornio. Sentí desfallecer cuando mi padre me lo mostró. Mi madre, mi pobre madre, que sufría mi necesidad, me cargó, me arrulló en sus brazos, me cantó una canción de cuna y me contó un cuento que jamás olvidaré. Con sus palabras me dibujó un Unicornio que venía del horizonte; blanco, celestial, espumoso... El Unicornio entró a mis sueños y me fui con él.

El héroe de la TV

Yo metí el brazo y lo saqué desde la pantalla del televisor. Él estuvo combatiendo en Vietnam y había que verlo, con su cuerpo musculoso cargando esa metralleta, escabulléndose entre los árboles y matando a todo el que encontraba a su paso. Mi hija lo miraba con atención, con sus ojos fijos en la T. V., le seguía los movimientos, olvidaba que metía las manos en una fundita para comer rosetas de maíz. Ella se emocionaba, hacía los gestos de su héroe. Yo la llamé y no me escuchó, seguía ensimismada, nadie la sacaba de su anonadamiento. Yo pensé que ese héroe era una mala influencia para mi hija y decidí meter la mano, lo saqué por el cuello y le dije “¿tú no sabes que estás comiéndote la mente de la nena? ¿Eh? Él dejó caer el arma, y con lengua estropajosa dijo: “ ¡Soy inocente, soy inocente!” Me llené de más ira y le apreté el cuello, sus ojos le brillaron como brazas, ya la lengua se le brotaba. Ahí me atrapó la nena “papá, se me apagó la película”. Yo apenas la escuché, sentí unos pasos en el patio, abrí la persiana y los niños del pueblo, que veían su película preferida, demandaban la liberación de su héroe.

El vuelo de las cucarachas

Dos cucarachas vuelan, una detrás de la otra, en una carrera loca, felices de la vida. Querían hacer el amor; así, sin rubor. ¿De qué se iban ellas a ruborizar si eran dueñas de la noche? Sencillamente eran seres felices que daban tumbos y caían juguetonas a la mesa y luego llegaban al sofá para caer en el piso, entrarse en mis zapatos y volver a la cocina. Se pensaban dueñas de la vida y del tiempo, como que alguien les hubiera dicho que sobrevivirían a la bomba atómica.
Yo desde mi trono de observador, pensaba que ya en esta casa no se podía vivir, y rogaba para que no se acercaran por mis predios; las cucarachas me ponían nerviosa y hasta me daban asco. Eso me pasa desde hace mucho tiempo. Cuando visitó a mi casa Emilio, el español, yo fui a brindarle vino y una cucaracha llegó desde el fondo del patio y se emborrachó en la copa. Les juro que no me di cuenta cuándo entró, sólo recuerdo que el español salió despavorido cuando vio el insecto en la copa.
Ahora las cucarachas me pasan cerca, estoy pensando seriamente mudarme de esta casa, y ellas seguirán felices.

De cuentos breves


La Memoria de Dalí y Vícent van Gogh

El reloj de techo está sobre la mesa grande, Vicente lo dejó allí cuando se fue. Es un reloj sin marca, color amarillo en el centro, con un ribete marrón. Su tic tac se escucha muy quedo, pero firme con ese viaje al infinito, eterno.
En la pared pende el Cristo de San Juan de la Cruz, con su cabeza baja, sus manos tristes y los pecados de Dalí. Del otro lado cuelga el autorretrato de Vícent van Gogh, con su oreja cortada y su rostro de locura.
Un niño entra en la estancia y se arrodilla ante el Cristo, dice unas plegarias, se levanta, le da una mirada y luego se acerca al autorretrato, le pareció ver a un hombre apesadumbrado, que lo miraba con un rencor ancestral. Luego fue a la mesa, el reloj empieza a derretirse, caen gotas de la mesa, poco a poco. El niño crece, el reloj se gasta. El niño crece y crece, se hace grande, muy grande, mientras el reloj se derrite por completo.



EL SINDROME DEL FANTASMA

Yo sé que mi pierna no está ahí, pero siento que está. Ayer visité al psicólogo y me indicó unas terapias que apenas inicio. Él me dijo que eso era un proceso, que debía esperar un tiempo a que la psiquis se acomode o elabore nuevos códigos..., que sé yo.
De lo que no caben dudas es que no tengo mi pierna y que siento que la tengo. Ayer me fui a parar de la silla y me fui de boca, hubo que curarme y suturar mi barbilla.
No me acostumbro, tomo las muletas y salgo, pero olvido que mi pierna la perdí, que tuvieron que amputármela, que no hubo otra salida o un trombo acabaría con mi cerebro y por supuesto, con mi vida.
Yo le dije que sí, mejor era estar vivo. Pero lloré, se me salieron unas lágrimas heladas, de esas que salen muy pocas veces, sólo en caso como esos.
No me acostumbro, las terapias siguen. Yo siento la pierna, la que me quitaron, a veces intento mover los dedos, y sinceramente que los muevo, pero en mi pensamiento tengo la misma sensación como si fuera mi pierna sana.
Volví al psicólogo y me cambio las terapias. Ahora estoy mejor, pero cuando me acuesto, siento que subo a la cama con mis dos piernas buenas.

MICROCUENTOS


La niña y la gaviota.

Una vez, una niña se quedó mirando el mar, desde el horizonte salió una gaviota, y otra gaviota, y otra gaviota… Ella las contaba una por una hasta que se perdió en el laberinto infinito de los números... Después, al volver a la realidad ya estaba muy vieja, con los cabellos encanecidos, con las arrugas arropando toda su piel. Entonces, volvió a mirar al horizonte y no salía ninguna gaviota… Se había acostumbrado a contarlas, a guardar en su pensamiento el celaje cuando pasaban por encima de su cabeza… Ahora, también ha perdido los celajes… Está completamente sola. Su corazón estaba vacío… Las gaviotas pasaron por encima de la cabeza y no guardó ni una sola para que vuele libre en corazón.


La auténtica raíz

La raíz comenzó a crecer, a abrirse paso entre la tierra. Encontró una roca dura, y como maestra contorsionista, la esquivo, dobló toda su estructura y merodeó la roca de una forma magistral. Entonces llegó a una pequeña laguna subterránea, bebió y siguió su camino.
El camino es largo y fatigoso, pasó por zonas arenosas y arcillosas; tuvo que hacer mucho esfuerzo para salir airosa. Pero la raíz sentía que caminaba sin sentido. Exactamente no sabía cual era su dirección, ya sea vertical u horizontal. Eso la asustó, por un momento pensó que su vida no tenía propósitos, y una lágrima honda le brotó en ese instante. Ahora estaba transpirando, tanto así que humedecía la tierra por donde pasaba. Pero se consoló, una esperanza comenzaba a germinar en su interior. De pronto, la sabía le recorrió toda su estructura, subía y bajaba en un infinito fluir. Se daba cuenta que ya era una raíz adulta, que había alcanzado su grado de madurez.
Fue el momento para redoblar sus esfuerzos y seguir adelante. Una raíz como ella debía buscar en el lugar más lejano, en el fondo de la tierra. Allí alcanzaría su gran madurez y su meta como raíz, como autentica raíz que enviaba mensaje al árbol, para que viviera y se reprodujera.
Con mucho más fuerza sigue decidida su camino. Seguro que iba en dirección correcta. Descartaba que en uno de esos giros, hubiera perdido el sentido y se dirigiera a la superficie de la tierra. Sería una catástrofe encontrarse con el sol para producir clorofila. Eso sería una aberración para ella que se creía autentica raíz, no tallo, no hoja, no flor. Sintió un profundo dolor en el cuello, se retorcía, lloraba con gritos que armaban la profundidad de la tierra. Mejor era encontrarse con los volcanes, con rocas pétreas, hundirse para siempre en las esferas del fuego del centro de la tierra. Eso era mejor que ese dolor que sentía en este momento. Bueno… Allá en la superficie, un leñador se le ocurrió cortar el árbol que ella sostenía y trasportar su madera en un jeep militar.

jueves, 14 de agosto de 2008

Virgilio dice un discurso


cuentoseternamentebreves es un espacio para divulgar la obra del mismo nombre del destacado escritor dominicano, Virgilio López Azuán, premio nacional de literatura en los generos, poesia, cuento, y teatro