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De cuentos breves


La Memoria de Dalí y Vícent van Gogh

El reloj de techo está sobre la mesa grande, Vicente lo dejó allí cuando se fue. Es un reloj sin marca, color amarillo en el centro, con un ribete marrón. Su tic tac se escucha muy quedo, pero firme con ese viaje al infinito, eterno.
En la pared pende el Cristo de San Juan de la Cruz, con su cabeza baja, sus manos tristes y los pecados de Dalí. Del otro lado cuelga el autorretrato de Vícent van Gogh, con su oreja cortada y su rostro de locura.
Un niño entra en la estancia y se arrodilla ante el Cristo, dice unas plegarias, se levanta, le da una mirada y luego se acerca al autorretrato, le pareció ver a un hombre apesadumbrado, que lo miraba con un rencor ancestral. Luego fue a la mesa, el reloj empieza a derretirse, caen gotas de la mesa, poco a poco. El niño crece, el reloj se gasta. El niño crece y crece, se hace grande, muy grande, mientras el reloj se derrite por completo.



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AUTOR

Virgilio López Azuán, autor de CUENTOS ETERNAMENTE BREVES, que este blog promueve, es uno de los más importantes expositores del microcuento en la República Dominicana. Ha sido ganador de premios nacionales en cuento, poesía y teatro. Es experto en temas educativos y ha sido declarado por el Ayuntamiento como HIJO MERITISIMO DE AZUA

Monólogo de la Rosa

Hoy he amanecido más linda que nunca, en la madrugada me cayó un rocío que me ha revitalizado, me siento como si fuera una nena de quince años, con esas ansias de vivir, de asistir risueña a toda la primavera y quedarme permanente en la memoria de este jardín. Mi color rosa me sienta bien, tiene una tonalidad, un brillo, una belleza traída de paisajes exóticos; mis pétalos se superponen, se acomodan, se ensamblan los unos con los otros y siento el rocío cuando rueda en mis capas internas. Definitivamente soy feliz, más feliz de lo que alguien pueda imaginarse. Cualquiera pensaría que soy una simple rosa y que sólo sirvo para ser admirada. Tremenda equivocación; todos lo saben, pero nadie piensa en que tengo vida. Esto no lo entenderán nunca. A pesar de todo sólo me asalta un ligero temor, un temor que me suspende la respiración... Ojalá no venga alguien a este jardín y me corte de un tirón.

La cabeza del arco iris

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